17 de diciembre de 2014

Cerro Proaño


Estoy ahora el otro lado del charco. Mi ausencia en el blog se debe a un ir y venir que poco tiempo me ha dejado para conectarme desde mi laptop.

Hoy, aprovecho para compartir con ustedes una foto que justo acabo de tomar. Es del Cerro Proaño de Fresnillo, Zacatecas, México. Lo especial de este lugar es que justo ahí empezó, hace más de 460 años, el descubrimiento de la mina de mayor producción de plata ¡en el mundo!

Y sí, sigue productiva hasta nuestros días...

Comparto un fragmento de la Carta al Mineral de Fresnillo, escrita por el maestro Roberto Cabral del Hoyo:

Si te fuera la suerte menos ingrata,
pavimento pudieras lucir de plata,
con gastar en él sólo lo que en un año
en líquidas ganancias deja Proaño.

Lamentablemente, la plata no se ve en la ciudad. Pero el Cerro Proaño es un ícono de esta zona del país y aún así, llena de orgullo a sus habitantes.

Muchos saludos desde esta zona del mundo.

20 de noviembre de 2014

Memorial Chorten


 Llegamos a Chorten, que significa "Asiento de la Fe". Los budistas suelen llamar a este tipo de monumentos "La mente de Buda". Pero, ¿qué es el chorten?

El chorten es una estructura blanca coronada con una aguja de oro. Es uno de los monumentos más emblemáticos de Timpu por ser un extraordinario ejemplo de la arquitectura budista, con sus pinturas y esculturas incrustadas. En los pilares hay esculturas que representan a animales, encadenados (literalmente), buscando así "retenerlos".

Ahí parece que el tiempo transcurre aparte. Ancianos caminan sin parar en torno a la estructura, con instrumentos y sonidos que yo nunca había escuchado. Familias enteras parecen simplemente disponerse a pasar un buen rato ahí, comiendo o rezando... 

Y yo, observé, escuché, olí, contemple...al final, los seres humanos esperamos que un ser supremo exista y a él nos acogemos.

¿Qué les parece?

18 de noviembre de 2014

Takín


"Te sorprenderás al descubrir que en mundio hay sitio para todos." Ghandi.

Cuando Kinga nuestro guía habló sobre visitar el zoológico que es refugio para el animal nacional de Bután, he de confesar que sentí poca motivación. Y es que ver a los animales en cautiverio no es algo que me fascine. Quizás lo relaciono a las imágenes de las jaulas pequeñas con animales grandes de los zoológicos que visité cuando era niña. O quizás así me parecieron cuando era niña...

Finalmente fuimos. Había que ver al Takín, ese animal mágico que desde 1985 tiene el estatus de "animal nacional". 

El caracter de mágico lo tiene porque, según cuenta la leyenda, cuando Lam Drukpa Kuenley visitó Bután en el siglo XV, la gente le pedía que hiciera un milagro. Para ello pidió que se le sirviera una vaca y una cabra para comer. Las devoró y dejó sólo los huesos. Después, tomó la cabeza de la cabra y a ella le incrustó los huesos de la vaca. Tras un chasquido de los dedos, le ordenó a la extraña bestia levantarse e irse a pastar a la montaña. Y el animal lo hizo. A partir de entonces fue conocido como drong gyem tsey.

Y es que el Takín tiene una apariencia extrañísima que sin duda pudiera ser parte de una mezcla mágica, aunque los estudios dicen que su ADN proviene de las ovejas. Es por ello que es herbívoro.

El zoológico lo alberga en un espacio abierto, amplio y delimitado, justo al lado de los pandas. Ahí le ofrecen la amplitud y libertad necesaria para vivir sin que esté en riesgo de ser extinguido.

Y efectivamente, como dice la frase de Ghandi, me sorprendí con todo lo que alberga el mundo...

13 de noviembre de 2014

Tashichho Dzong


Bienvenidos a la fortaleza y monasterio budista llamado Tashichho Dzong, nombre casi impronunciable para los occidentales pero de una belleza que complace a cualquiera.

Llegamos en un domingo muy caluroso. El sol parecía abrasar la piel pero la vegetación alrededor lograba aminar un poco la sensación. Por un momento, pensé que nadie más se interesaba en visitar la sede del gobierno butanés...cuando de repente, una sola camioneta fue suficiente para que un amplio grupo de turistas chinos quitara la aparente quietud dominguera.

Para entrar, es necesario pasar por escáneres de seguridad. Nada que los años 80 no tuviera (con la sonrisa incluída de los guardias). Ya ahí, sorprende el amplio patio por donde deambulan monjes que viven en ese monasterio. Van y vienen con velocidad intermitente, algunas veces deteniéndose al llamado de alguna visitante occidental que les pide tomarse una foto (ejem, ejem, se imaginan bien). Si no, van directo al templo y ahí permanecen un rato.

El edificio original data de 1216, pero tras quemarse en 1771, se construyó uno mayor en esa época y otro más en 1866. En 1897 se dañó con un terremoto y se reconstruyó en 1902. Luego, el rey Jigme Dorji Wangchuck lo renovó completamente y lo agrandó 5 años después de que moviera la capital a Timpu, en 1952. Desde entonces, es la sede del gobierno y de las oficinas del rey, del ministerio de finanzas y de asuntos internos. Cerca de ahí se encuentra la casa de los reyes, pero no permiten tomarle fotos.

El blanco con colores vivos predominan en el paisaje. Figuras robustas y otras como dragones rematan las esquinas de los edificios. Pareciera la escenografía de una película. Pero no, es tan cuidadosamente decorativo que ahí se albergan los poderes de la nación...

¿Lo que más me llamó la atención? La limpieza del lugar pero sobre todo, el orgullo de Kinga, el guía, al narrar la historia del lugar.





6 de noviembre de 2014

Bhutanese cuisine!


“En cada país hay una cultura unida a la cocina y yo quiero, a través de ella, ser partícipe de esa cultura de país.” Claus – Meter Lumpp

El paisaje, el estilo de vida, la vestimenta y la personalidad de la gente de cualquier lugar se entiende mejor a través de su comida. Al menos, eso es lo que me parece cada vez que llego a un sitio nuevo (o conocido) y pruebo lo que sus locales recomiendan comer (como en México, que "tienes que probar los esquites con mucho chile" o "los chilaquiles verdes pa' la desvelada" o cualquier plato favorito que remonte al que recomienda a algún divertido recuerdo de alguna época de su vida).

Antes de llegar a Bután, divagué sobre qué tipo de comida tendrían ahí. ¿Será parecida a la japonesa o más bien a la china? ¿Acaso tendrá influencia hindú? ¿Mucho arroz? 

Nada más llegar a la habitación (magnífica, por cierto), desempacar, ducha indispensable y poco antes de caer rendida ante el golpe castigador e inesperado del temido jet-lag (sí, otra vez apareció para atormentar), reservé una mesa para cenar en uno de los restaurantes del hotel, lo cual fue ampliamente sugerido por su personal (que en ese más vale reservar con tiempo, dijeron). 

Tras varias veces de haber apagado el despertador (sí, lo pongo cada vez que me duermo fuera de mi horario habitual) y haciendo acopio de toda la voluntad que tenía despierta, me levanté, arreglé y dispuse a ir a esa cita con el destino gastronómico butanés en el restaurante Chigjagye, especializado en cocina tradicional del país.

El restaurante exudaba sofisticación asiática cuidada en un ambiente altamente tradicional: páneles de madera pintada de negro con dibujos florales, cojines color burgundy bordados por artesanos locales, vajilla reminiscente a las formas del bambú, lámparas bajas que daban un toque de intimidad (¿acaso para no juzgar el comer?) y música que no quedó grabada en mi memoria.

La camarera, vestida en su bello traje tradicional, apareció sin ser percibida y haciendo la respectiva entrega del menú-degustación. Y como ese era el objetivo de interrumpir el profundo sueño en el que me encontraba hacía un rato, me dispuse a dejarme llevar por sus recomendaciones.

El festín empezó así:
* Como amuse-bouche arroz blanco endulzado, frío, firme, compacto. No recuerdo el nombre, pero era un sabor muy peculiar que nunca antes había probado en el arroz. Como no soy fan de lo dulce, no me lo acabé, aún siendo tan poco. 
* Como entrada, Shamu ngo ngou, que se trata de setas salvajes del bosque a las brasas con pechuga de pollo con chile rallado sobre una cama de mezcla de verduras verdes de invierno. Sonreí al probar chile (sí, ¡chile en Bután!)
* Siguió Saagjaju, una sopa de hoja fresca de mostaza con una selección de verdudas y carne de res. Me pareció muy ligerita (menos mal).
* Luego, en pequeños platitos sirvieron Phaksha baysum, cubos de carne de cerdo braseado con chile butanés (chile otra vez, y rico).
* También Jasha maroo, que se trata de cubos de pollo sin hueso al curry con mantequilla local, ajo y cebolla de primavera (no me encanta el curry en general, pero me lo comí).
* Norsha paa, que es estofado de ternera con rábano, chiles secos locales y cebolleta.
* Ema semchum datshi,  que son ejotes en un guiso de chile con crema de queso (me recordó a la comida de mi abuelita).
* Dolom ngou-ngou, berenjena con ajo sofrito en mantequilla.
* Kewa fin, papas y noodles de cristal con curry.
* Saag fry, hojas de mostaza cocidas con mantequilla y chile.
* Churm marp, arroz rojo local al vapor (un sabor parecido al de México, al guisado con tomate).
* Kharang, maíz quebrado y arroz (sabor muy tenue).
* El postre especial del día, cheesecake (como si de una tecla se tratara, que al presionarla me llevara otra vez a Occidente).

Para mi gran sorpresa, la comida resultó ser mucho más semejante a la tradicional mexicana de lo que me hubiera imaginado: ingredientes de la región, muchas verduras, carne y chile parecido al poblano en rajas. Y se sirve así, un poquito de todo donde la base predominante es el arroz.

Ahí, la comida se acompaña con té (no una Coca-Cola, como sería generalmente en México). Eso cambia el sabor.

A partir de ese día, el menú no varió en nada. Y yo comí "rajas con queso" en mi destino soñado...

3 de noviembre de 2014

Taj Tashi Hotel


El camino hacia Timpu fue el preámbulo para el excepcional hotel que nos esperaba. En ningún momento me imaginé un alojamiento de semejante envergadura en medio del valle. Conservando el estilo tradicional de la arquitectura butanesa y toques de modernidad mezclados con el exquisito servicio oriental, nos recibieron esta vez no con un collar de flores, sino con un tipo de chal blanco con el que nos envolvieron. 

Kinga inmediatamente se encargó de que todo el check-in fluyera. En cuestión de 2 minutos, me vi sentada en la inmensa área de recepción y con una bandeja con té butanés listo para ser probado. Lo hice. Era una bebida reconfortante, con un sabor mezclado entre hierbas frescas (tipo hierbabuena y menta) con jazmín y un ligero toque dulzón. Lo recuerdo tibio.

Luego, recorrimos un poco las áreas comunes más cercanas. Cada una de ellas da una sensación de amplitud, cuidado y a la vez acogimiento. El restaurante igualmente amplio con el techo alto, muy alto, con unos espectaculares ventanales que se convierten en un marco para el inigualable paisaje. 

En el exterior nos esperaba un monje para darnos una bienvenida ceremonial. Nos ataron un hilo amarillo en la muñeca de la mano. En teoría, debía durar puesto 3 días para que se cumpliera un deseo que en la ceremonia pedimos. Uf, el mío lo logró con trabajo. Afuera, paralelamente a nuestra bienvenida, se desarrollaba una entrevista de televisión para la BBC de Londres, según nos dijeron en el hotel. Esos periodistas fueron los únicos otros huéspedes que vimos en ese primer día en el hotel. ¡Los únicos y en el exterior! 

El hotel es enorme, bello, tradicional en su concepción pero moderno en la ejecución con una ubicación privilegiada, en pleno centro de Timpu. La sensación de estar solos permaneció, aunque nos dijeron que la ocupación era del 80%. ¿Dónde estaban los demás huéspedes? Poco importaba, ¡sentíamos tenerlo todo para nosotros!

Privilegio.


Taj Tashi


30 de octubre de 2014

Towards Thimphu!


Kinga nos sonrió ampliamente ataviado en su traje típico. Y tras las debidas presentaciones en inglés, subimos las maletas a la camioneta en la que se suponía nos transportaríamos durante todo el viaje en Bután. 

El siguiente destino era Timbu, la capital del país, a tan sólo 54km de distancia pero a más de una hora de camino. A tan sólo unos 10 minutos de trayecto, algo ocurrió con la camioneta. Tuvimos que parar y esperar un taxi. Esa espera nos permitió deleitarnos con el paisaje tan verde que se presentaba alegre y con aires de inocencia.

La gente local que vivía por donde paramos no dejaba de vernos. Con una mirada huidiza al cruzar miradas, nos sonreían a cambio de otra sonrisa. Todos iban vestidos con trajes tradicionales. ¡Qué sensación de estar dentro de una historia nunca antes escuchada! 

Finalmente llegó el taxi. Me llamó mucho la atención cómo los seres humanos somos tan parecidos. El chófer llevaba colgado del espejo retrovisor una serie de imágenes y objetos religiosos que me recordaron a los de México. En este taxi, en lugar de una Virgen de Guadalupe, de San Judas Tadeo, un Cristo o un escapulario, llevaba un Buda, mantras y demás objetos budistas para acompañarlo en el camino. 

El recorrido en la estrecha y curveada carretera era cada vez más verde y pintoresco, con riachuelos, casas, pequeños caminos y monos (sí, changuitos) deambulando y disfrutando del calor. 

Kinga era una sonrisa absoluta. Y nosotros la multiplicamos deteniéndonos cada vez que era posible para sorprendernos por ese paisaje tan distinto a todo lo que habíamos visto.