29 de septiembre de 2014

Durbar Square


La Plaza Dubar, Patrimonio Mundial de la Humanidad de la UNESCO, es un conjunto exuberante de 50 templos en la plaza ubicada frente al Palacio Real de Katmandú. 

Para llegar ahí es preciso hacerlo a pie. Al avanzar, cada paso se antoja una parada, ya sea para observar algún edificio que se presenta orgulloso o para observar a las personas que, a su vez, observan al visitante curiosas y sonrientes (a partir de ese día, he de confesar, me sentí muy observada en todo el viaje y no supe por qué). 

La primera visita fue el Palacio de la Diosa Viviente, donde vive una niña que es seleccionada después de una serie de retos cumplidos para reconocerla como la reencarnación de la diosa Kumari. Al llegar a la pubertad, esa niña se convierte en una persona normal. Estuvimos un rato en el templo en forma de monasterio, a ver si teníamos suerte y la niña se dejaba ver por la ventana. No salió. 

Luego, un paseo en los alrededores. Ofrendas, flores y colores se hacen presentes en todo el entorno. 

Me llamó mucho la atención cómo la gente se sienta en los templos a pasar el rato. Se reúnen ahí, hablan sentados cómodamente y de paso dejan alguna ofrenda. Los olores mezclados de esas ofrendas crean un ambiente por demás exótico (en algún punto nauseabundo por el exceso de perros y animales callejeros). 

El parada principal es el Palacio Real, el cual merece una mención aparte. 

Buen inicio de semana.


24 de septiembre de 2014

Kathmandu people!

 
 

Lo más interesante de un lugar es SIEMPRE su gente. 

¿Sonríen? ¿Son amables? ¿Malas caras? ¿Receptivos con los visitantes? ¿Cómo visten? ¿Cómo comen? ¿Se mueven a pie, en coche, en transporte público? ¿En qué creen? ¿Qué idioma hablan? ¿Morenos? ¿Blancos? 

Esas son algunas preguntas que me hago siempre que visito un lugar.

Y en Katmandú, la gente es alegre, sonriente, muy receptiva con los visitantes, visten traje típico los que son de origen hindú (sobre todo las mujeres) y ropa "occidental" quienes no. Sus rasgos son muy interesantes: tono de piel oscura, como los de la India, pero con ojos rasgados, como los chinos. 

Estas fotos las tomé a lo largo de mi estancia ahí, en distintos puntos. Y es en la Plaza Dubar donde aparezco rodeada de niños que salían de la escuela. No sé quién creyeron que era yo, porque para mi gran asombro, se quisieron tomar una foto conmigo (sí, ellos lo pidieron con la seña universal de "foto" apuntándome). ¡Imagínense! Y quién soy yo para decir que no. 

Entre múltiples y sonrientes "Namaste" de ida y vuelta, nos reímos de no sé qué.

Así pues, he ahí mi recomendación: digan "Namaste" con inclinación breve y manos juntas al saludar y despedirse en Katmandú. Y sonrían. Casi siempre abre puertas.

Namaste.

22 de septiembre de 2014

Finding a sanctuary...


Fue en la Estupa de Swayambunath donde tuve el primer encuentro en el viaje con el budismo. 

Estas sandalias fuera de un cuarto marcaban un camino hacia una entrada prohibida al público. Monges concentrados en sus mantras las habían dejado fuera de su pequeño templo. 

Para los visitantes no era obligatorio quitarnos los zapatos. De hecho, ni siquiera lo sugieren. 

Descalzarse es una señal de respeto hacia su fe. Y he aquí una manifestación...

Me gustó esta frase del ensayista británico de origen hindú Pico Iyer para acompañar la foto: "Encontrar un santuario, un lugar apartado del tiempo, no es diferente a encontrar una fe."

¿Qué manifestaciones culturales-religiosas les gustan o llaman la atención?

Buen inicio de semana y feliz fin de verano. Mañana inicia oficialmente el otoño.

18 de septiembre de 2014

Estupa de Swayambunath


Las mejores vistas panorámicas de Katmandú se tienen desde esta estupa (y esta fue la primera que vi en el viaje). Llegar hasta ahí requiere forzosamente de un vehículo. El recorrido es a través de un camino parcialmente pavimentado cuesta arriba.

Al llegar, miles de banderitas de colores con mantras reciben a lo largo y ancho del lugar, llamado también el Templo de los Monos por los cientos de estos animales que viven ahí. El impacto visual no deja a nadie indiferente. Perros y monos conviven no sólo entre ellos, sino también con los visitantes de la manera más cordial (¿como perros y gatos? ¿Habrá un dicho que diga "tan felices como perros y changos"?). Fascinante.

Colores vivísimos, calma, incienso y humedad nos recibieron en el que, para mí, representó el primer gran contraste de creencias. Una vez más compruebo que al ir a otro país lo primero de lo que hay que despojarse es de prejuicios y chovinismo y lo primero que hay que llevar es respeto. Cada lugar, cada país, ofrece al mundo algo que ningún otro lo hace y por eso el planeta es tan interesante. 

Una fuente con un Buda doradísimo al centro flanquea los escalones que hay que subir para llegar a la Estupa de Swayambunath. Krisna, el guía, nos dijo que había que lanzar una moneda al Buda para pedir un deseo. Si la moneda entraba en un pequeño cazo a sus pies, el deseo es concedido. Hice lo propio. La moneda no cayó...

Al subir, más monos y más perros van y vienen. También artesanos vendiendo sus productos. Al llegar, la gran estupa parece recibir con los brazos abiertos. Todo arriba asemeja una fiesta popular, con colores, olores, comida, gente.

Después de dar un recorrido por toda la plataforma, entrar a los templos budistas (donde no es obligatorio quitarse los zapatos) y disfrutar la grandiosa vista del Valle de Katmandú, la sensación que me queda al final es de que las manifestaciones de fe son similares en las religiones que conozco: se quiere alagar a ese ser supremo, deidad, ídolo o líder con lo más preciado que se tiene, por ejemplo, el tiempo para rezar, la comida que más gusta, olores exóticos, devoción...

Y así, llena de ilusión por seguir descubriendo y encantada por lo recién visto, agradecí a mi ser supremo el poder estar ahí.


15 de septiembre de 2014

Tour around Kathmandu!




Primer día en Katmandú. Después de esa significativa bienvenida, nos hospedamos en el Hyatt. El cuarto ofrecía una todavía más acogedora vista de bienvenida. 

Lo primero, un desayuno para recargar energía y continuar el descubrimiento de la ciudad. Unos huevos benedictos fueron la opción. Con la gran influencia británica que ha habido en el país, la cocina ofrece una variedad muy amplia de platos ingleses. Estuvieron deliciosos.

Luego, Krisna nos recogió en el hotel y dimos un exhaustivo paseo por la ciudad. Esto que les comparto aquí es lo primero que vimos. Por cierto, dada la influencia inglesa, conducen del lado derecho, como allí, opuesto a Europa continental y a América. 

Tras pasear en coche y luego caminar un rato, lo que más recuerdo en este momento es el olor. Sí, un olor a mezcla de tierra, smog, especias, humedad, calor...

Leí alguna vez que el olfato es el más perfecto de los sentidos. Quizás. Pero yo prefiero la vista. Sin ella no habría descubierto  la gran sonrisa de la gente (cuando cruza miradas con los visitantes en la calle) a pesar de ese "poco acogedor" olor...


12 de septiembre de 2014

Welcome to Kathmandu!!


Por fin, después de 13 horas de viaje, ¡Katmandú!

Desde el avión se nos presentaba una ciudad densa y colorida con un cielo azul muy madrugador, rodeada de un impresionante valle de montañas. Y es que esta ciudad es la más poblada de Nepal, a 1,317 metros sobre el nivel del mar. 

Llegamos aproximadamente a las 5 de la mañana. Digo así, aproximadamente, porque en ese momento ya no sabía muy bien en qué uso horario me encontraba (entre las 7 horas de diferencia de México con España, más otra en Estambul, las horas de vuelo y demás, estaba un poco perdida en el tiempo).

El aeropuerto de Katmandú es pequeño, nada moderno comparado con los anteriores que acababa de visitar. Es necesario solicitar visa para entrar. Afortunadamente, ahí mismo se puede comprar, incluso ¡hay fotógrafo para tomar la foto necesaria para la solicitud! Aventureros, hippies, monges, alpinistas y viajeros éramos los que formábamos parte de los recién llegados. 

Al recoger las maletas se tiene que salir directo a la calle, donde se amontonan carteles con nombres en todos los idiomas sostenidos por sonrientes guías. Y ahí estaba Krisna, que con un "bienvenidos a Katmandú" en suave español, nos colocó un collar de flores muy olorosas: claveles color naranja (para mí, color cempasúchil). 

A partir de entonces, cada vez que escucho un "Bienvenidos a...", siento un nudo en la garganta. ¡Cuánta vida hay detrás de esa frase!

Y así, con esa sonrisa y un jet lag aún despistado, empezó el descubrimiento del sur de Asia.   


10 de septiembre de 2014

Here we go!!


Finalmente, un "hasta la próxima" a la Ciudad de México y con ello inicia el trayecto. Llegar hasta Bután implica varias escalas y es preciso darle la vuelta al mundo, sin exagerar. 

La primera parada es Madrid. Un par de días en esa otra casa fuera de casa fue esencial para cambiar de equipaje (una maleta menos grande con menos ropa) y disfrutar de tortilla española y vino riojano.  

Luego, la siguiente parada fue Estambul, pero sólo en escala técnica porque luego volveríamos como debía de ser. Primera vez que volé en Turkish Airlines. Había que documentar la comida, que empezaba a cambiar de ingredientes entre América y Europa. Toques de paprika y berenjena dan un toque distintivo. Lo que siempre es habitual en mí al hacer un vuelo largo es el vino tinto. Me hace conciliar el sueño rápidamente en el avión. 

Me encantó un paquetito que entregan con los auriculares para escuchar la oferta visual. Por primera vez recibí en un vuelo, además de un antifaz para dormir, cepillo y pasta de dientes (lo habitual), ¡un par de calcetines ideales para usarlos durante el viaje! Excelente idea.

Después de ver un par de películas y dormir un rato, despierto en Estambul, donde nos esperaban unas 4 horas de escala hacia el siguiente destino...

Qué caos de aeropuerto, qué mezcla de orígenes, vestimentas, idiomas y destinos. Claramente se nota que es ahí donde convergen Asia y Europa.

Tras un paseo exhaustivo por el que pareciera el gran salón del aeropuerto emulando al Gran Bazaar de esa ciudad, aparece en la pantalla el mensaje del vuelo que indicaba nuestro destino: LAST CALL. ¡A correr como 20 salas, bajar escaleras, atravesar pasillos para llegar a la sala! Si están alguna vez en ese aeropuerto, no dejen de revisar las pantallas porque el número de la sala de abordar aparece acompañada del mensaje fatídico ese. 

Y así, con el pulso acelerado, tomamos otro avión a otro país...