22 de octubre de 2014

Welcome to Bhutan!


Por fin, ¡Bután!

El paisaje se transformó poco a poco en las 2 horas de vuelo de Katmandú a Paro. De una vista saturada por múltiples elementos de la presencia humana a una repleta de naturaleza, con árboles espesos y frondosos que parecieran amurallar lo más poblado de esa zona: Paro. Ahí se encuentra el único aeropuerto internacional del país. 

Las azafatas del vuelo iban vestidas con el traje típico de Bután (falda larga y una especie de saco o chaqueta corta). Desde ahí, la amabilidad extrema se hizo presente. 

Luego...emoción, mucha emoción sentí al ir aterrizando en ese país que había parecido un sueño hasta ese momento. El pequeño aeropuerto parecía una escenografía preparada para una historia de amistad interminable, con ese cielo rotundo y esplendido que servía como telón a una inmensa foto de una guapa pareja. ¿Quiénes eran ellos?  En ese momento lo ignoraba, pero poco después ese mismo par estaría presente con orgullo por todo el país, en todas las casas y en todos los recintos: los reyes. 

Sí, era como llegar a la casa de alguien y encontrar fotos familiares por doquier.
 
La aduana fue ágil. Éramos pocos los viajeros, unos 70. Aunque son sumamente amables y acogedores, es necesario una visa para entrar, la cual es tramitada a través de una agencia de viajes, ya sea en la India o Nepal. Dado que Bután permitió la entrada de televisión y de Internet en 1999, la entrada al país es restringida y permiten un número limitado de visitantes por año. ¿A qué se debe? Bután es el único país en el mundo en medir su Gross National Happiness, es decir, Producto Interior de Felicidad. Sí, ¡miden la felicidad de sus habitantes!

El aeropuerto, bello y acogedor, es de los pocos que he conocido que realmente hace que el viajero se sienta bienvenido al llegar. Y así, en la puerta (tampoco permiten la entrada a quienes no son viajeros), nos esperaba Kinga, nuestro guía en Bután.



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