6 de noviembre de 2014

Bhutanese cuisine!


“En cada país hay una cultura unida a la cocina y yo quiero, a través de ella, ser partícipe de esa cultura de país.” Claus – Meter Lumpp

El paisaje, el estilo de vida, la vestimenta y la personalidad de la gente de cualquier lugar se entiende mejor a través de su comida. Al menos, eso es lo que me parece cada vez que llego a un sitio nuevo (o conocido) y pruebo lo que sus locales recomiendan comer (como en México, que "tienes que probar los esquites con mucho chile" o "los chilaquiles verdes pa' la desvelada" o cualquier plato favorito que remonte al que recomienda a algún divertido recuerdo de alguna época de su vida).

Antes de llegar a Bután, divagué sobre qué tipo de comida tendrían ahí. ¿Será parecida a la japonesa o más bien a la china? ¿Acaso tendrá influencia hindú? ¿Mucho arroz? 

Nada más llegar a la habitación (magnífica, por cierto), desempacar, ducha indispensable y poco antes de caer rendida ante el golpe castigador e inesperado del temido jet-lag (sí, otra vez apareció para atormentar), reservé una mesa para cenar en uno de los restaurantes del hotel, lo cual fue ampliamente sugerido por su personal (que en ese más vale reservar con tiempo, dijeron). 

Tras varias veces de haber apagado el despertador (sí, lo pongo cada vez que me duermo fuera de mi horario habitual) y haciendo acopio de toda la voluntad que tenía despierta, me levanté, arreglé y dispuse a ir a esa cita con el destino gastronómico butanés en el restaurante Chigjagye, especializado en cocina tradicional del país.

El restaurante exudaba sofisticación asiática cuidada en un ambiente altamente tradicional: páneles de madera pintada de negro con dibujos florales, cojines color burgundy bordados por artesanos locales, vajilla reminiscente a las formas del bambú, lámparas bajas que daban un toque de intimidad (¿acaso para no juzgar el comer?) y música que no quedó grabada en mi memoria.

La camarera, vestida en su bello traje tradicional, apareció sin ser percibida y haciendo la respectiva entrega del menú-degustación. Y como ese era el objetivo de interrumpir el profundo sueño en el que me encontraba hacía un rato, me dispuse a dejarme llevar por sus recomendaciones.

El festín empezó así:
* Como amuse-bouche arroz blanco endulzado, frío, firme, compacto. No recuerdo el nombre, pero era un sabor muy peculiar que nunca antes había probado en el arroz. Como no soy fan de lo dulce, no me lo acabé, aún siendo tan poco. 
* Como entrada, Shamu ngo ngou, que se trata de setas salvajes del bosque a las brasas con pechuga de pollo con chile rallado sobre una cama de mezcla de verduras verdes de invierno. Sonreí al probar chile (sí, ¡chile en Bután!)
* Siguió Saagjaju, una sopa de hoja fresca de mostaza con una selección de verdudas y carne de res. Me pareció muy ligerita (menos mal).
* Luego, en pequeños platitos sirvieron Phaksha baysum, cubos de carne de cerdo braseado con chile butanés (chile otra vez, y rico).
* También Jasha maroo, que se trata de cubos de pollo sin hueso al curry con mantequilla local, ajo y cebolla de primavera (no me encanta el curry en general, pero me lo comí).
* Norsha paa, que es estofado de ternera con rábano, chiles secos locales y cebolleta.
* Ema semchum datshi,  que son ejotes en un guiso de chile con crema de queso (me recordó a la comida de mi abuelita).
* Dolom ngou-ngou, berenjena con ajo sofrito en mantequilla.
* Kewa fin, papas y noodles de cristal con curry.
* Saag fry, hojas de mostaza cocidas con mantequilla y chile.
* Churm marp, arroz rojo local al vapor (un sabor parecido al de México, al guisado con tomate).
* Kharang, maíz quebrado y arroz (sabor muy tenue).
* El postre especial del día, cheesecake (como si de una tecla se tratara, que al presionarla me llevara otra vez a Occidente).

Para mi gran sorpresa, la comida resultó ser mucho más semejante a la tradicional mexicana de lo que me hubiera imaginado: ingredientes de la región, muchas verduras, carne y chile parecido al poblano en rajas. Y se sirve así, un poquito de todo donde la base predominante es el arroz.

Ahí, la comida se acompaña con té (no una Coca-Cola, como sería generalmente en México). Eso cambia el sabor.

A partir de ese día, el menú no varió en nada. Y yo comí "rajas con queso" en mi destino soñado...

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