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20 de noviembre de 2014

Memorial Chorten


 Llegamos a Chorten, que significa "Asiento de la Fe". Los budistas suelen llamar a este tipo de monumentos "La mente de Buda". Pero, ¿qué es el chorten?

El chorten es una estructura blanca coronada con una aguja de oro. Es uno de los monumentos más emblemáticos de Timpu por ser un extraordinario ejemplo de la arquitectura budista, con sus pinturas y esculturas incrustadas. En los pilares hay esculturas que representan a animales, encadenados (literalmente), buscando así "retenerlos".

Ahí parece que el tiempo transcurre aparte. Ancianos caminan sin parar en torno a la estructura, con instrumentos y sonidos que yo nunca había escuchado. Familias enteras parecen simplemente disponerse a pasar un buen rato ahí, comiendo o rezando... 

Y yo, observé, escuché, olí, contemple...al final, los seres humanos esperamos que un ser supremo exista y a él nos acogemos.

¿Qué les parece?

18 de noviembre de 2014

Takín


"Te sorprenderás al descubrir que en el mundo hay sitio para todos." Ghandi.

Cuando Kinga nuestro guía habló sobre visitar el zoológico que es refugio para el animal nacional de Bután, he de confesar que sentí poca motivación. Y es que ver a los animales en cautiverio no es algo que me fascine. Quizás lo relaciono a las imágenes de las jaulas pequeñas con animales grandes de los zoológicos que visité cuando era niña. O quizás así me parecieron cuando era niña...

Finalmente fuimos. Había que ver al Takín, ese animal mágico que desde 1985 tiene el estatus de "animal nacional". 

El caracter de mágico lo tiene porque, según cuenta la leyenda, cuando Lam Drukpa Kuenley visitó Bután en el siglo XV, la gente le pedía que hiciera un milagro. Para ello pidió que se le sirviera una vaca y una cabra para comer. Las devoró y dejó sólo los huesos. Después, tomó la cabeza de la cabra y a ella le incrustó los huesos de la vaca. Tras un chasquido de los dedos, le ordenó a la extraña bestia levantarse e irse a pastar a la montaña. Y el animal lo hizo. A partir de entonces fue conocido como drong gyem tsey.

Y es que el Takín tiene una apariencia extrañísima que sin duda pudiera ser parte de una mezcla mágica, aunque los estudios dicen que su ADN proviene de las ovejas. Es por ello que es herbívoro.

El zoológico lo alberga en un espacio abierto, amplio y delimitado, justo al lado de los pandas. Ahí le ofrecen la amplitud y libertad necesaria para vivir sin que esté en riesgo de ser extinguido.

Y efectivamente, como dice la frase de Ghandi, me sorprendí con todo lo que alberga el mundo...

13 de noviembre de 2014

Tashichho Dzong


Bienvenidos a la fortaleza y monasterio budista llamado Tashichho Dzong, nombre casi impronunciable para los occidentales pero de una belleza que complace a cualquiera.

Llegamos en un domingo muy caluroso. El sol parecía abrasar la piel pero la vegetación alrededor lograba aminar un poco la sensación. Por un momento, pensé que nadie más se interesaba en visitar la sede del gobierno butanés...cuando de repente, una sola camioneta fue suficiente para que un amplio grupo de turistas chinos quitara la aparente quietud dominguera.

Para entrar, es necesario pasar por escáneres de seguridad. Nada que los años 80 no tuviera (con la sonrisa incluída de los guardias). Ya ahí, sorprende el amplio patio por donde deambulan monjes que viven en ese monasterio. Van y vienen con velocidad intermitente, algunas veces deteniéndose al llamado de alguna visitante occidental que les pide tomarse una foto (ejem, ejem, se imaginan bien). Si no, van directo al templo y ahí permanecen un rato.

El edificio original data de 1216, pero tras quemarse en 1771, se construyó uno mayor en esa época y otro más en 1866. En 1897 se dañó con un terremoto y se reconstruyó en 1902. Luego, el rey Jigme Dorji Wangchuck lo renovó completamente y lo agrandó 5 años después de que moviera la capital a Timpu, en 1952. Desde entonces, es la sede del gobierno y de las oficinas del rey, del ministerio de finanzas y de asuntos internos. Cerca de ahí se encuentra la casa de los reyes, pero no permiten tomarle fotos.

El blanco con colores vivos predominan en el paisaje. Figuras robustas y otras como dragones rematan las esquinas de los edificios. Pareciera la escenografía de una película. Pero no, es tan cuidadosamente decorativo que ahí se albergan los poderes de la nación...

¿Lo que más me llamó la atención? La limpieza del lugar pero sobre todo, el orgullo de Kinga, el guía, al narrar la historia del lugar.





6 de noviembre de 2014

Bhutanese cuisine!


“En cada país hay una cultura unida a la cocina y yo quiero, a través de ella, ser partícipe de esa cultura de país.” Claus – Meter Lumpp

El paisaje, el estilo de vida, la vestimenta y la personalidad de la gente de cualquier lugar se entiende mejor a través de su comida. Al menos, eso es lo que me parece cada vez que llego a un sitio nuevo (o conocido) y pruebo lo que sus locales recomiendan comer (como en México, que "tienes que probar los esquites con mucho chile" o "los chilaquiles verdes pa' la desvelada" o cualquier plato favorito que remonte al que recomienda a algún divertido recuerdo de alguna época de su vida).

Antes de llegar a Bután, divagué sobre qué tipo de comida tendrían ahí. ¿Será parecida a la japonesa o más bien a la china? ¿Acaso tendrá influencia hindú? ¿Mucho arroz? 

Nada más llegar a la habitación (magnífica, por cierto), desempacar, ducha indispensable y poco antes de caer rendida ante el golpe castigador e inesperado del temido jet-lag (sí, otra vez apareció para atormentar), reservé una mesa para cenar en uno de los restaurantes del hotel, lo cual fue ampliamente sugerido por su personal (que en ese más vale reservar con tiempo, dijeron). 

Tras varias veces de haber apagado el despertador (sí, lo pongo cada vez que me duermo fuera de mi horario habitual) y haciendo acopio de toda la voluntad que tenía despierta, me levanté, arreglé y dispuse a ir a esa cita con el destino gastronómico butanés en el restaurante Chigjagye, especializado en cocina tradicional del país.

El restaurante exudaba sofisticación asiática cuidada en un ambiente altamente tradicional: páneles de madera pintada de negro con dibujos florales, cojines color burgundy bordados por artesanos locales, vajilla reminiscente a las formas del bambú, lámparas bajas que daban un toque de intimidad (¿acaso para no juzgar el comer?) y música que no quedó grabada en mi memoria.

La camarera, vestida en su bello traje tradicional, apareció sin ser percibida y haciendo la respectiva entrega del menú-degustación. Y como ese era el objetivo de interrumpir el profundo sueño en el que me encontraba hacía un rato, me dispuse a dejarme llevar por sus recomendaciones.

El festín empezó así:
* Como amuse-bouche arroz blanco endulzado, frío, firme, compacto. No recuerdo el nombre, pero era un sabor muy peculiar que nunca antes había probado en el arroz. Como no soy fan de lo dulce, no me lo acabé, aún siendo tan poco. 
* Como entrada, Shamu ngo ngou, que se trata de setas salvajes del bosque a las brasas con pechuga de pollo con chile rallado sobre una cama de mezcla de verduras verdes de invierno. Sonreí al probar chile (sí, ¡chile en Bután!)
* Siguió Saagjaju, una sopa de hoja fresca de mostaza con una selección de verdudas y carne de res. Me pareció muy ligerita (menos mal).
* Luego, en pequeños platitos sirvieron Phaksha baysum, cubos de carne de cerdo braseado con chile butanés (chile otra vez, y rico).
* También Jasha maroo, que se trata de cubos de pollo sin hueso al curry con mantequilla local, ajo y cebolla de primavera (no me encanta el curry en general, pero me lo comí).
* Norsha paa, que es estofado de ternera con rábano, chiles secos locales y cebolleta.
* Ema semchum datshi,  que son ejotes en un guiso de chile con crema de queso (me recordó a la comida de mi abuelita).
* Dolom ngou-ngou, berenjena con ajo sofrito en mantequilla.
* Kewa fin, papas y noodles de cristal con curry.
* Saag fry, hojas de mostaza cocidas con mantequilla y chile.
* Churm marp, arroz rojo local al vapor (un sabor parecido al de México, al guisado con tomate).
* Kharang, maíz quebrado y arroz (sabor muy tenue).
* El postre especial del día, cheesecake (como si de una tecla se tratara, que al presionarla me llevara otra vez a Occidente).

Para mi gran sorpresa, la comida resultó ser mucho más semejante a la tradicional mexicana de lo que me hubiera imaginado: ingredientes de la región, muchas verduras, carne y chile parecido al poblano en rajas. Y se sirve así, un poquito de todo donde la base predominante es el arroz.

Ahí, la comida se acompaña con té (no una Coca-Cola, como sería generalmente en México). Eso cambia el sabor.

A partir de ese día, el menú no varió en nada. Y yo comí "rajas con queso" en mi destino soñado...

22 de octubre de 2014

Welcome to Bhutan!


Por fin, ¡Bután!

El paisaje se transformó poco a poco en las 2 horas de vuelo de Katmandú a Paro. De una vista saturada por múltiples elementos de la presencia humana a una repleta de naturaleza, con árboles espesos y frondosos que parecieran amurallar lo más poblado de esa zona: Paro. Ahí se encuentra el único aeropuerto internacional del país. 

Las azafatas del vuelo iban vestidas con el traje típico de Bután (falda larga y una especie de saco o chaqueta corta). Desde ahí, la amabilidad extrema se hizo presente. 

Luego...emoción, mucha emoción sentí al ir aterrizando en ese país que había parecido un sueño hasta ese momento. El pequeño aeropuerto parecía una escenografía preparada para una historia de amistad interminable, con ese cielo rotundo y esplendido que servía como telón a una inmensa foto de una guapa pareja. ¿Quiénes eran ellos?  En ese momento lo ignoraba, pero poco después ese mismo par estaría presente con orgullo por todo el país, en todas las casas y en todos los recintos: los reyes. 

Sí, era como llegar a la casa de alguien y encontrar fotos familiares por doquier.
 
La aduana fue ágil. Éramos pocos los viajeros, unos 70. Aunque son sumamente amables y acogedores, es necesario una visa para entrar, la cual es tramitada a través de una agencia de viajes, ya sea en la India o Nepal. Dado que Bután permitió la entrada de televisión y de Internet en 1999, la entrada al país es restringida y permiten un número limitado de visitantes por año. ¿A qué se debe? Bután es el único país en el mundo en medir su Gross National Happiness, es decir, Producto Interior de Felicidad. Sí, ¡miden la felicidad de sus habitantes!

El aeropuerto, bello y acogedor, es de los pocos que he conocido que realmente hace que el viajero se sienta bienvenido al llegar. Y así, en la puerta (tampoco permiten la entrada a quienes no son viajeros), nos esperaba Kinga, nuestro guía en Bután.



20 de octubre de 2014

Goodbye, Kathmandu!

 
Después de la increíble estancia en Katmandú, llegó el momento de partir. Cambio de horario, de comida, de clima, de idioma, de religión...en una palabra, cultura, cambio de cultura.

Krishna, nuestro guía, nos llevó al aeropuerto. La despedida tuvo un dejo de nostalgia (a partir de ahí y en las siguientes despedidas, sentí como si estuviera en una historia donde el narrador cuenta después de muchos años, cómo fue esa la última vez que vio a esa persona y en ese momento no lo sabía). Nuestro primer contacto en Asia había sido amable, gentil y hospitalario. 

Los guías no pueden entrar al aeropuerto, sólo el viajero. Así, en la calle nos dijimos adiós. Ya dentro, después de un sistema de seguridad bastante relajado, como el que existía en el mundo hace 15 años, esperamos el vuelo de  Drukair (primera vez en volar en esa aerolínea), que nos llevaría a ese destino tan añorado: Bután. 

Lo bueno apenas comenzaba...



16 de octubre de 2014

The Everest!


Hay ciertos lugares que son más que míticos, son místicos y casi irreales por lo lejano e inaccesibles que parecen. Para mí, el Monte Everest es uno de esos. Nunca formó parte de mi lista de lugares por ver. Mi gusto por los viajes no ha incluído ni alpinismo ni montaña...

Pero un buen día, al saber del viaje a Katmandú, la idea del Everest apareció. No se trataba de convertirme al alpinismo (sí, convertirse, porque por lo que vi al llegar a esa ciudad, es casi una religión), sino de verlo, ni más ni menos. Y nuestro guía preparó todo para hacer un recorrido en avión por la cordillera del Himalaya. 

Había que tomar el pequeño avión a las 6am, pero con el consabido jet-lag no fue ningún esfuerzo estar a tiempo. Y es Yeti Airlines la aerolínea encargada de tan imponente y único recorrido para un grupo de no más de 20 personas. 

Nos entregaron un folleto que ilustra cada una de las montañas que veríamos, con su nombre y altura. Y yo, desde el primer asiento junta a la ventanilla, me dispuse a tratar de identificar en ese folleto algo que hiciera reconocibles las montañas. En el aire, a menos de que se tenga un ojo entrenado, todas se parecen, la verdad. 

Ah, pero ¡qué espectáculo! He tenido espléndidas vistas desde distintos vuelos, pero nunca así, nunca. Parecía que las montañas eran más grandes que la altura máxima del avión, parecía que nos envolverían con su grandiosidad, parecía que éramos insignificantes a su lado...

A cada uno de los pasajeros nos invitaron a pasar a cabina. Desde ahí, para mi fortuna, justo acercándonos al Everest, pude verlo de frente y sentir efectivamente lo insignificantes que somos. Ahí, al fondo, su famosa y desafiante cima se asomaba entre las nubes como si fuera un iceberg. Cuánta luz, cuánta naturaleza, cuánta magnificencia ante nuestros ojos. Y lloré, lloramos, nos emocionamos al ver la montaña más alta del planeta desde sus 8848 metros de altura. Estábamos a su altura.

Dimos varias vueltas en su entorno. Y finalmente, tras casi dos horas, era momento de volver a Katmandú y disfrutar la vista que a la ida unos u otros no tuvimos.  

Entre los pasajeros, hubo alguna adolescente "arrastrada" por sus padres (latinoamericanos) que durmió todo el trayecto (ojalá que en sus sueños haya tenido una vista mejor). Hubo una actriz hindú que distrajo y mantuvo fascinada a la bella azafata (mucho más que la actriz a la que no paró de decirle lo guapa que le parecía). Hubo todo un equipo que acompañaba a la actriz. Y hubo también una pareja de enamorados que agradecía a Dios el permitirles estar ahí. 

Aterrizamos. El furor por la actriz seguía, contagiando ahora al personal de tierra. Me dijeron su nombre pero para mí era impronunciable. Y yo, llena de dicha al ver lo que mis ojos nunca habían visto, decidí también tomarle una foto a la actriz, no porque me importara, sino porque formó parte del recuerdo cuando vi el Everest. 

Y ese sí que es un recuerdo para toda la vida.

13 de octubre de 2014

The Himalayas!


Cuando sobran las palabras...

Lo único que les puedo decir es que lloré al sobrevolar esta cordillera. Les contaré con más detalles este viaje en los siguientes días.

Inspiración para la semana. ¡Que sea muy buena!